De hombres de Estado, sombras y verdugo

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Tenemos que exigir idoneidad, honestidad y transparencia a aquellos que quieren representarnos, porque hoy, más que nunca, necesitamos hombres de Estado, no sombras.

Por Daniel Gattás (Doctor en Ciencia Política, docente CUP, UNC y UCC).

Hay una vieja advertencia con fundamentos fáciles de comprobar en la práctica cotidiana. Dice que “en economía es muy fácil meterse en problemas, pero muy difícil escapar de ellos”. Es que hacerlo tiene un costo social, político y electoral elevado, que muy pocos funcionarios están dispuestos a afrontar.

Si bien esta “facilidad” para entrar en situaciones embarazosas es una conducta que trasciende al gobierno actual, quienes hoy conducen la política económica se han esmerado lo suficiente para reforzar esta sentencia.

Cepo al dólar, subsidios de todo tipo, distorsión de precios relativos, retenciones a las exportaciones, estructura injusta en el cálculo del Impuesto a las Ganancias, innumerables e incontrolables planes sociales y limitación a importaciones indispensables son sólo algunos ejemplos de asignaturas explosivas que quedarán para la agenda del próximo gobierno.

Dado que estas políticas se mantienen en el tiempo por la soberbia de quienes se sienten omnipotentes y dueños de las certezas más absolutas, cada vez se hace más difícil resolverlas sin cambios bruscos que alteren la convivencia social.

Ya ocurrió con la convertibilidad, exitosa al principio en la lucha contra la inflación, pero luego los mismos que la implementaron quisieron de manera obcecada mantenerla, cuando ya no era posible la paridad uno a uno entre peso y dólar. Algo parecido sucedió con el retraso cambiario que comenzó en 2008. Se buscaba que la paridad acompañara a una tasa de inflación mentirosa manipulada desde el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), pero finalizó con la devaluación de enero de 2014.

A pesar de todos estos ejemplos (como decía Carlos Marx, la historia se repite, primero como tragedia, después como farsa), no aprendemos de los errores y parecemos hipnotizados por nuestros verdugos. Sufrimos una especie de “síndrome de Estocolmo” político y vernáculo.

El síndrome

La expresión “síndrome de Estocolmo” fue acuñada por el psicólogo Nils Bejerot, asesor de la policía en la época del robo al Kreditbanken, entidad financiera de la capital Sueca, entre el 23 y el 28 de agosto de 1973. El hecho tuvo en vilo al mundo entero. Se temía por la suerte de los rehenes, tres mujeres y un hombre. Extrañamente, una vez finalizado el rapto, las víctimas no sólo alegaron a favor de sus captores, sino que mostraron una conducta reticente ante los procedimientos judiciales.

Como si fuera poco, una de las mujeres secuestradas se comprometió con uno de sus captores, lo que abrió un nuevo capítulo al complejo estudio de la mente humana.

Según especialistas, este “síndrome” se produce cuando las personas se identifican de manera inconsciente con alguien que los agrede, transformándose sin proponérselo en cómplices de su accionar.

Incluso, las propias víctimas se sienten responsables de haber generado esa agresión y el abuso al que son sometidas. Suelen imitar en lo físico y moral al delincuente, y adoptan como propios ciertos símbolos de poder que lo caracterizan.

Raptados y seducidos

Curiosa adaptación que podemos hacer de la política argentina al “síndrome de Estocolmo”. Cuando se repasan encuestas sobre la calidad de la clase dirigente, los resultados muestran un altísimo porcentaje de desprestigio y serios cuestionamientos a la conducta de quienes la encarnan. Sin embargo, después de más de 30 años de recuperación de la democracia, los rostros de los políticos no han cambiado mucho. Un buen número son personajes que tienen cargos públicos de manera ininterrumpida desde 1983. Es decir que han logrado que la política sea, al menos para ellos, un medio de subsistencia económica y de reconocimiento social.

Lo sorprendente es que muchos ciudadanos honestos permitan que sus “verdugos” continúen sus respectivas carreras y, sin percibirlo, los amparan con su voto. Estos obtienen así legalidad suficiente para seguir haciendo tropelías con la arrogancia de aquellos que sólo apuntan a alargar su propia sombra, como si eso fuera posible.

Se podrá alegar que no hay muchas opciones, que los partidos son estructuras cerradas, anquilosadas y antidemocráticas que impiden la renovación de sus dirigentes, o que los “nuevos” de la política se contagian enseguida de los viejos vicios.

Yo pienso que se trata de un acto de resignación de una sociedad cansada de atropellos y de mentiras, sin fuerza, que enfrenta un determinismo preocupante.

Ojalá los ciudadanos comprendamos el enorme valor de nuestra decisión frente a las urnas para tener un futuro promisorio. Tenemos que exigir idoneidad, honestidad y transparencia a aquellos que quieren representarnos, porque hoy, más que nunca, necesitamos hombres de Estado, no sombras. Ambos difieren como el cristal y la arcilla.

Un hombre de Estado busca conquistar la gloria, se adelanta a su tiempo pensando en las generaciones futuras, comprende que no hay perfección sino esfuerzo y renuncia a cualquier prebenda y lisonja que afecte su dignidad.

La sombra, en cambio, tiene apetitos urgentes, repta en forma vulgar buscando popularidad y éxito efímero, nada a favor de cualquier corriente y adula a los poderosos.

No desaprovechemos esta nueva oportunidad que tenemos en las próximas elecciones, ya sea en el ámbito nacional, provincial o municipal. Informémonos, participemos, exijamos rendición de cuentas y respeto a la palabra empeñada.

Seamos capaces de elegir hombres de Estado que piensen en el país y en nuestros hijos, no sombras que sólo piensen en ellos.

Gattás, D. (5 de mayo de 2015). De hombres de Estado, sombras y verdugo. La Voz del Interior. Recuperado de: http://www.lavoz.com.ar/opinion/de-hombres-de-estado-sombras-y-verdugo

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